El túnel de mis piernas

Un catálogo de hechos, fantasías y recuerdos sexuales.

Escribo pecados, no tragedias

Posted on Agosto 22, 2008 - Filed Under Inspirado en

Empezamos una nueva sección del Túnel: “Inspirado en”.

A veces escucho un tema, o veo una película, o leo un libro, y me encuentro esperando un colectivo a las 3AM, fumando y pensando qué me quisieron decir con eso. Calan hondo entre las rendijas de mi cerebro, descubren recodos de las cámaras de mi corazón, y me conocen mejor de lo que yo me conozco a mí misma. El arte es una cosa fantástica.

Hace unos días conocí a una banda y me enamoré perdidamente. Se llaman Panic! at the disco, y patean culos. Me dijeron que es una banda emo, pero la verdad 1) no sé qué carajo quiere decir que una banda sea emo, 2) sea como sea, estos pibes cantan cosas demasiado alegres como para serlo. Aunque quizás éste no sea el mejor ejemplo.

Se me dio entonces por empezar a escribir algo, mientras este tema sonaba a todo lo que da en mi PC, una vez, y otra, y otra. No tiene nada que ver con la letra, ni con el video: sí tiene que ver con la música y, bueno, con el título. Acá les va:

Escribir pecados no tiene nada que ver con escribir tragedias.

Escribir pecados es un oficio de sombras en la esquina y anotadores en el bolsillo. Es ser un detective minucioso y avispado, con picardía en los anteojos y doble sentidos en la sonrisa.

Es imposible escribir pecados si no es por el placer que genera hacerlo. Registrar el lado oscuro de la Humanidad es una vocación: es detallar todo aquello de lo que ésta se avergüenza, todo lo que castiga y oculta, aún cuando no puede evitarlo. Los pecados son tan humanos como cualquier virtud que nos haga orgullosos; pero son doblemente humanos, dado que necesitamos castigarlos para suprimirlos, aunque llevamos 2000 años de rebeldía.

Predico desde donde puedo en pos de los pecados. Predico en pos del lado más humano del ser humano. Predico desde la honestidad. Y pretendo seguir haciéndolo. Creo que algún día el Diablo me lo reconocerá.

Tengo un sueño para mi muerte. Sueño que vieja y muerta, mi alma se vuelve cuerpo joven al entrar por la Puerta Grande del Infierno, donde el Diablo me recibe con el whisky más delicioso de la eternidad. Galante y eterno, pasa un brazo por mi cintura desnuda, y sonríe feliz. Detiene sus labios húmedos de whisky en los míos, y mientras recibo el beso más dulce de la muerte, escucho que me susurra en la entrepierna:

“Bienvenida, querida. Te estaba esperando”.

Divino tesoro

Posted on Agosto 19, 2008 - Filed Under Varios

Hace un tiempo que vengo pensando qué podía tener de especial este post. Es por eso que no he actualizado en diez días. No me decidía.

Pensé en las más variadas ficciones, las más locas fantasías, los más extraños recuerdos. Nada me convencía.

Finalmente, he decido simplemente sentarme y contarles una historia.

Había una vez una adolescente que un día decidió decir que sí. Venía diciendo que no hacía mucho tiempo: que no a su cuerpo, que no a su fantasía, que no a su locura. El control le dominaba las decisiones y la conciencia. Y un día, picarona y traviesa, decidió desatar un nudo y decir que sí; y el cuerpo se le voló fuera, y la mente le estalló en mil galaxias.

Se dio cuenta entonces que se podía decir que sí. Que ir contra todo lo que le decían, en privado, íntimamente, no sólo era posible sino también fabuloso. Era una aventura. Y ella misma era su única testigo.

Se dio cuenta que podía elegir con quiénes compartir esa historia. Algunos la acompañaron fugazmente, como un rayo que se cuela en las persianas; otros supieron mucho, y guardan secretos que llevarán a la tumba. Los hubo fundamentales y anecdóticos; las hubo momentáneas e irremplazables. Pero todos y todas influyeron. Eso es seguro.

Quizás a veces, fumando a un techo desconocido, se preguntó si no era mucho. Si realmente no sería mucho. Si no estaba haciendo algo mal, o que le produjera infelicidad. Si no le producía infelicidad a otros. Qué estaba haciendo, con quién lo hacía, por qué lo hacía. Por qué lo hacía. A veces esas preguntas no la dejaban dormir. O la deprimían un domingo a la noche.

Pero un día se dio cuenta de que estaba bien. Que estaba bien salir a tentar a la noche y al tabaco; a las risas dulces y los besos húmedos; a la piel abierta y los ojos desnudos. Era el momento justo para deambular por el laberinto de las fantasías y los sueños, emborracharse con sus perfumes y morder las frutas dulces de la curiosidad. Para jugar a las escondidas con el tiempo, dejando pistas de labios en vasos y en sonrisas, y caminitos grabados a fuego en el algodón que crece en los campos del pecado. Estaba bien porque era joven. Y la juventud es para eso: para equivocarse, para rebelarse, para decir que sí, o que gracias, pero no.

Tiempo después se convenció tanto de esto, que hasta decidió jugar a escribir de nuevo, y se puso un blog para contar todo lo que no puede decir sin antifaz.

Hoy, 50 posteos después de ese día, sigue convencida de que tiene toda la vida por delante. Que aún es muy, pero muy joven, y que tiene tiempo como para disfrutarse sin apuros, ni exigencias, ni cadenas. Lleva la mochila más cargada, y un par de cicatrices cardíacas nuevas, pero cambia para seguir siendo la misma. Cree que de eso se trata crecer.

Sabe que algún día el reloj dirá otra cosa. Sabe que no puede seguir escribiendo para siempre de lo mismo. Pero también sabe que falta mucho para ese día. Este Túnel le ha dado y le sigue dando mucho. Si todo sale bien, quizás hasta haya una gran sorpresa el 1º de septiembre, gracias a él. Pero no quememos todos los cartuchos hoy.

Sino, ¿qué queda para el próximo posteo…?

Vivir sólo cuesta vida.

Aceite y agua

Posted on Agosto 8, 2008 - Filed Under Ficciones

A mi amigo F., bien sabe él por qué.

No podía mirarlo a los ojos. Había algo en esas almendras oscuras que le apuñalaba las mejillas. Había algo en su vigilia de juventud que la mantenía alerta. Por eso no podía mirarlo a los ojos.

Nunca había pensado en sexo. De chica, hasta se había preguntado por qué alguien haría algo así. De por sí no era una persona curiosa, sino más bien desinteresada. Cuando a los quince años su mejor amiga le confesó, febril y ruborizada, que había hecho el amor por primera vez, sintió que algo se quebró entre ellas. La sintió tan lejos como a una traidora. No supo qué responder, ni de qué más hablar con ella desde entonces. Después de ese día dejaron de llamarse por teléfono, de salir juntas, de hablar en los recreos. Tenía razón. Algo se había quebrado entre ellas.

No tenía mayor interés por los hombres. La idea de una erección masculina le producía asco, casi arcadas. Y besarse en rincones o en salas de cine le parecía algo similar a perder el tiempo. No le encontraba el atractivo, lo interesante. Ni se le ocurría que podía ser divertido.

Era por eso no podía mirarlo a los ojos. Cada vez que lo hacían, él le tomaba suavemente de la barbilla y le susurraba en los labios “Mirame”. Pero ella se resistía. Sus ojos se negaban. Había algo en esas almendras oscuras que dividía en dos su cuerpo, como una emulsión de aceite y agua. Y eso le incomodaba.

¿Era vergüenza? Ella creía que sí. Que se avergonzaba de su cuerpo desnudo, de su piel al aire libre, de su ausencia de tapujos. Pero no.

En el fondo sabía que no era eso lo que la avergonzaba. El problema no era desnudarse. Ni siquiera que él la viera desnuda. El problema era que ella lo viera a él viéndola desnuda. El problema era reconocer la intimidad.

Cada vez que él le tomaba la barbilla, ella se rebelaba inconscientemente contra sí misma. Alarmas estruendosas le aturdían los oídos con toda la fuerza de cinco siglos de colonialismo español. Él la dividía, y ella no se dejaba dividir. No quería ser agua y aceite. Quería ser sólo agua. Si fuera sólo agua sería incolora, inodora, insabora. Sería transparente y homogénea. Y, sobre todo, sería inerte.

Pero también era aceite. No podía evitarlo. Era aceite cada vez que él la empezaba a desnudar. Cada vez que le acariciaba los hombros era aceite. Aceite que le cerraba los ojos, le movía las manos, le aflojaba el cuerpo. Aceite que comenzaba a gotear en su entrepierna.

Lo detestaba. Detestaba esa viscosidad intrusa que la ponía en evidencia como las erecciones los ponen a los hombres. Lo detestaba porque era involuntario, autónomo, como si algo más viviera adentro de su cuerpo de agua, algo que ella no podía manejar, porque ella era polar y ese algo, apolar.

Por eso apartaba la mirada. Por eso rechazaba esas almendras oscuras. Porque se rehusaba a permitir que ese aceite caliente y hediondo le inundara el cuerpo, le resbalara los sentidos y le impregnara la piel, reflejando los arcoiris con los que las manchas de óleos automovilísticos pintaban las alcantarillas de la ciudad. Se negaba a permitirse, a relajarse, a acabar.

Y seguiría haciéndolo por siempre, rechazándose a sí misma, hasta el día en que su aceite finalmente fuera un torrente; su cuerpo, una olla en ebullición; y su neurosis, un viejo recuerdo.

Te borro porque

Posted on Agosto 6, 2008 - Filed Under Varios

Hace un tiempo, cuando el único blog que leía era Bestiaria, me decidí a comentar por primera vez en un posteo que me pareció brillante. Pero cuando abrí la ventana de los comentarios, me encontré con que este era el primero:
Bestiaria dijo…
Nunca vas a saber con qué criterio borro tus comments. Dejá de elucubrar teorías con esa mustia cabecita de críado que tenés. Yo no te borro porque insultes, deficiente. Te borro por grasa, porque tus adjetivos de pibe chorro me dan arcadas. Cuando decís “trola” me aturdís, sonás como todas las cumbias del mundo. Te baldeo, te barro, te desinfecto por vulgar, por ordinario, por groncho, macaco horrible. Tus comentarios de moscardón hacinado pajéandose frenéticamente en internet me dan asco. Salpicás mi blog con tu fracaso. Olés a fracasado. (…) Te borro porque contaminás mi blog con tu ignorancia. Porque me da asco como usás los signos de admiración y los puntos suspensivos. (…) Porque me hacés acordar a los enfermos del borda que piden cigarrillos y se tocan el pito en la entrada del loquero…
lun ene 22, 12:04:00 AM 2007

Mi admirada Carolina tiene tanta razón siempre, que esta vez podía ser la excepción. Yo nunca he borrado un comentario de mi blog. No me molesta, como a ella, que lo salpiquen con guarangadas o le dejen olor a pedo después de que cierran la pestaña del Firefox. Me son indiferentes los cobardes que en la escuela nunca se animaron a putearse con el grandote que les robaba la plata para el alfajor del recreo, y ahora se escudan detrás de un monitor para contaminar a todo el resto con su propia mierda cultivada bajo la piel de su infelicidad; cuyo único respiro en la mediocridad de su vida es poder dejar un comentario diciendo “sos un forro” a alguien que jamás ha visto, ni verá, en su vida.

El problema pasa por otro lado. El límite es otro.

A mí me pueden decir puta, me pueden decir trola, gorda, fea, que escribo para el orto, que en realidad soy un hombre (o un travesti), que todo lo que escribo es mentira. Que no me crean incluso me da gracia; hay gente que no puede creer que una mujer goce tanto. La envidia les nubla el monitor y les deja pegajoso el teclado, única superficie que deben tocar seguido. Se entiende: nunca han podido regalarle un orgasmo a una mujer. Creen que es un mito científico. Pobres eunucos disfuncionales.

El punto es que me da igual. Los infelices que se ahogan en su propio vómito escupiendo a los demás me afectan tanto como una sola hormiga puede afectar al ecosistema planetario.

Pero no se metan con mis lectores. Con ellos, no.

Los comentarios en este blog son como agua en el desierto. Siempre me encantó escribir, pero nunca me tomé en serio a mí misma. Y son ustedes, mis queridos lectores y comentaristas, los que me llenan el tanque de gasoil cada día, me limpian el parabrisas para que pueda ver bien, y con una sonrisa me dicen que siga escribiendo. Que así voy bien. Es por ellos también que no me jode que me puteen. Cada vez que algún infeliz se tomó el atrevimiento, muchos de ustedes saltaron como los 88 locos de O-Ren Ishii. Sé que más de uno hubiera roto narices a diestra y siniesta con tal de que dejaran de escribir pendejadas, si Internet contara con métedos de teletransportación. Y eso, muchachos, se reconoce. Es un acto de amor. Y yo estoy profudamente conmovida y agradecida con todos por ello.

De modo que ese es el límite, muchachos. Con mis lectores no se jode. Así que cualquier bardeada gratuita será borrada del mapa, derogada a la inexistencia. Porque, como dice Bestiaria, te borro porque sólo servís para eso: para ser borrado, ignorado, marginado, repudiado. La gente no te odia, ni le das miedo. A la gente le das verguenza.

El hombre sin rostro

Posted on Agosto 4, 2008 - Filed Under Ficciones

Hace ya un tiempo, Bortol me propuso lo siguiente: él había escrito este cuento, y yo debía escribir el mismo, desde el punto de vista de ella. Entusiasmada, acepté. Tarde, pero seguro, esta es la respuesta.

Quise centrarme un poco en cómo era ella, y por qué toma la decisión que toma. Tenía que encontrar a la mujer hay detrás del final de Bortol. Costó bastante, diré. Es una picarona. Veremos qué opinan ustedes…

Desde pequeña había algo en los hombres que le producía curiosidad, como los hipopótamos del zoológico. La primera vez que vio un miembro masculino fue cuando tenía cinco años, y espió por la cerradura a su hermano mayor cuando fue a hacer pis. Esa imagen se le quedaría grabada para siempre: su hermano, con la bragueta baja, y la sangre inundándole las mejillas cuando finalmente lo veía sacar su oculto secreto masculino. Todo enmarcado en la abertura de una cerradura.

Será por su temprano despertar sexual (¿o será que su sexualidad nunca entró en latencia?), desde entonces no pudo dejar de pensar, cada tanto, en los hombres. O, más concretamente, en los pitos. Los años pasaban y su imaginación infantil (nosotros, los adultos, olvidamos la capacidad de imaginación que tienen los chicos) se desdibujaba en la pubertad, cuando tuvo su primer beso a los once años. Fue, otra vez, con un varón mayor: su primo de Necochea, dos años más grande, le robó muchos besos escondidos en el quincho del fondo de un verano.

Desde entonces las fantasías empezaron a tener contenidos más formados. Ahora sabía lo que era estar excitada. En su mente comenzaba a experimentar, a preguntarse a qué se atrevería, si tal cosa estaría lindo o se sentiría feo. Por eso la primera vez que hizo el amor (a los 14 años) dejó a su novio extenuado. Llevaba años de calentura encima para desquitar.

A partir de entonces, su vida fue un remolino de hombres (siempre mayores), sábanas y humedad. Finalmente podía disfrutar de aquello que tanto había deseado: unas ricas erecciones, para tocarlas, comerlas y jugar con ellas, meterlas por donde quisiera, cuanto quisiera.

Borracha de sexo y amores, a los 26 años comenzó a tranquilizarse. Consiguió un crédito y compró un departamento sola, en una zona bien. Tenía un buen puesto de trabajo, y un sueldo interesante, que le permitía vivir su vida con independencia y tranquilidad. Pero por las noches, antes de irse a dormir, no pudo sacarse la costumbre de masturbarse antes de dormir, acabando mientras deliraba con un hombre sin rostro, que la doblegara, la superase, que pudiera dominarla y humillarla de esa (y sólo esa) determinada manera que le resultaba terriblemente excitante.

Ese hombre comenzó a aparecérsele en sueños. Eran sueños recurrentes, llenos de humo, que la dejaban mojada en la vigilia. Era su hombre sin rostro, que entraba por la ventana, o por el techo, y le hacía el amor como nadie se lo hizo jamás. Bailaban por la habitación (la cama, la puerta, el piso, las paredes, la cómoda) y su pene no salía jamás de ella. Como si fuera un solo y prolongado coito eterno, en el cual él acababa y seguía cogiéndola, sin darle respiro, sin dejar que su excitación bajara, ni sus orgasmos. La vigilia la encontraban agotada, transpirada y muy excitada; empezó a ducharse a la mañana para no tener que ir así a trabajar.

Daniel la visitaba una vez por semana, puntual como un reloj suizo. Hacían tres veces el amor, y quizás a veces había uno extra para la cola. No la enloquecía pero cumplía. Garantizaba un par de orgasmos de vigilia, aunque cuando los sueños se hicieron recurrentes cerraba los ojos para pensar en su desconocido. No podía evitar compararlos: el hombre sin rostro la dejaba inútil, empalagada y sedienta; Daniel, en cambio, sólo le daba uno o dos orgasmos por noche.

Cansada de esa sombra del sexo, comenzó entonces su búsqueda en la vigilia. Se había autoconvencido de que su desconocido existía, y quería encontrarlo. Incluso se lo comentó a Sofía, su mejor amiga, confesando que temía estar enamorada de un sueño. Porque no podía parar de desear a ese hombre. Lo buscaba en las miradas de los compañeros de colectivo, en los oficinistas de los after office, en los albañiles que trabajaban en la obra de la esquina. Pero ninguno le hacía sentir como él; su hombre le acariciaba los pezones con la mirada.

Cada vez que se iba a dormir era como arreglarse para una cita. Ella lo esperaba, dormida con su mejor camisón, y él entraría por la ventana para desnudarla y acabarle un arcoiris en su interior.

Una noche, en un sueño, sintió algo distinto. Sintió más ternura, más sedas y menos latigazos. Y llegó a adivinar un rostro detrás del secreto. Supo que él se había despedido, de la misma forma que sabemos todo en los sueños (que tu hermano murió trágicamente o que sos un detective londinense, por ejemplo). Cuando despertó, lloró en soledad, y se decidió a llamarlo nuevamente.

Fue así que comenzó a esconder cosas debajo de las sábanas. A tentarlo. A seducirlo. A veces se iba a dormir sin ropa interior. Otras, escondía revistas porno, o se masturbaba con un consolador especialmente comprado. Dejaba dos vasos de agua en la mesa de luz, y se metía a la cama con un conjunto de látex negro, llamando a su amante.

Una noche, fue a acostarse inquieta. Había decidido atarse a la cama. Estaba puliendo su técnica de seducciones oníricas. Con dos pañuelos de seda atándole las muñecas, finalmente pudo conciliar el sueño. Y entonces, lo vio. Su hombre sin rostro entraba por la ventana, y se quedaba mirándola, inmóvil. Lentamente, comenzaba a iluminarla con una linterna. Ella sentía la luz calentándole el pie, la pierna, el cuerpo, el sexo. Sonrió, feliz. Y él comenzó a acariciarla. Sus dedos le arremolinaban la sangre y le escalofriaban la entrepierna. Pero permanecía inmóvil. Estaba dormida, tenía que quedarse quieta. Él comenzaba a desnudarse. Finalmente lo veía entero: era erguido, erectísimo, viril. La lejanía de su cuerpo la desesperaba. Lo necesitaba. Lo necesitaba ya, ahora, que la poseyera otra vez, la había hecho esperar tanto… Y entonces, como un gato agazapado, su hombre con rostro se le tiraba encima, intentaba amordazarla, la despertaba y, sorprendido en la vigilia, le regalaba la más dulces de las frutas con su presencia fuera del sueño. Sonriendo con todo el cuerpo, caliente y feliz, le acercó sus dulces labios y le susurró enamorada:

-…No te asustes, te estaba esperando…

Bizarro

Posted on Agosto 1, 2008 - Filed Under En público

Recién, volviendo por la calle, pasé por la puerta de un restorán chino cuya entrada es toda de vidrio. Estaba vacío y cerrado, como corresponde un jueves a las 2AM. En el fondo tienen un terrible plasma que se puede ver desde la calle. Y en ese plasma, estaban pasando hard porno.

Una masa los chinos.

Brasas secas y hielo líquido

Posted on Julio 31, 2008 - Filed Under Locuras, Marihuana, Sexo sin amor, Soy federal

Cuando supo que iría a Córdoba, recibí un mail invitándome a vernos. Creo que le respondí diciendo que aún no sabía cuándo viajaba, pero que todo bien, y le avisaba.

Pasó un tiempo hasta que llegué a esa hermosa ciudad que es Córdoba Capital. Estando en la casa de mi amigo anfitrión, recordé esos mails. Como esa noche sabía que iba a ir al Paris Bar, dije bueno, qué más da. Le mandé un mail contándole que había llegado ese día a la ciudad, y que a la noche me podía encontrar ahí si quería. Poco después recibí su respuesta afirmativa. Me dijo que estaría tomando un gin tonic. Buena señal. El gin tonic es mi trago favorito.

Entre la multitud lo vi pasar un par de veces, pero esperé. No tenía apuro: mis amigos me divertían, la música estaba buena, y ese bar me hechiza el cuerpo cada vez que voy. Finalmente se acercó con una preciosa sonrisa, y tomándome del brazo, me preguntó si podía invitarme un gin tonic.

Estaba en Córdoba; mi ciudad adorada de pecados, donde la diversión me impregna y el buen humor hace nidito en mi sonrisa. Después de bailar y charlar un poco, me invitó a su casa (a convenientes pocas cuadras de distancia). Lo pensé. No estaba segura. But again, estaba en Córdoba. Y para eso es que viajo siempre: para divertirme, conocer gente, e investigar sábanas nuevas en búsqueda de material para escribir… Le pregunté si me invitaba un whisky y unas pitadas dulces. Sonrió, me tomó de la cintura y casi que lo pude oir decir Let’s get the hell out of here.

Caminamos charlando de lo más cómodos. Es un tipo divertido, alegre. No podía evitar sonreirme por dentro, pensando que otra vez haciendo estás haciendo estas locuras, Porte, vos no tenés remedio, sos una puta enamorada del placer que nunca dice que no si el cuerpo dice que sí. Los gin tonics habían humectado mi buen humor, y yo reía caminando por la calle Rondeau, de la mano de un casi perfecto desconocido. Me reconozco como una aventurera irresponsable. Qué le vamos a hacer. Por eso me quieren, ¿no?

Los ascensores son un lugar erótico fantástico. Cruzar las miradas alcanza para abandonar cualquier tipo de decoros. Mi hombre me aprisionó entre su cuerpo y el espejo durante más de diez pisos, y nos abandonamos en un beso húmedo, abierto y enloquecido. Fue un prometedor aperitivo. “Deberías vivir en el piso 50″, le dije al bajarnos.

Sentados en su sillón, fumamos tranquilos un delicioso porro, acompañado de su correspondiente whisky. Personalmente, adoro esa combinación: el ácido seco del whisky, y el humo dulce de la marihuana, parecieran dos sabores que fueron concebidos para consumirse juntos. Estimulan, relajan, seducen: liberan endorfinas y potencian sentidos.

No sé si fue ese bendito porro casero que inundó mi cerebro como la niebla aplaca las calles de Londres. O si la combinación gin tonic + whisky deliró mi piel en toda su expansión. Todo lo que sé es que de un momento a otro, mi desconocido estaba besándome con una pasión que hacía tiempo no sentía en un hombre. Su boca era un pantano caliente y espeso; su lengua tenía la ansiedad de un adolescente y la destreza de un amante. Yo aún sostenía mi vaso de whisky entre las manos, lo cual limitaba nuestros movimientos. Finalmente se cansó, me lo arrebató, y se avalanzó sobre mí como un puma en celo.

Su verde mirada destilaba sexo, y la marihuana me había dejado dócil. Podía sentir cada milímetro de piel cubierta bajo sus caricias, cada pliegue de ropa deslizándose, cada gota de su saliva humectándome el cuello. No recuerdo cómo fue que llegamos a la habitación. No recuerdo cómo fue que terminamos desnudos. Sólo recuerdo una cosa: cada contacto de su piel ardía. Quemaba. Era piel de brasas secas. Mi cuerpo yacía, eléctrico y desértico, con los pechos sonriendo, con las manos degustando la sal de sus hombros, con la lengua oliendo sus secretos de varón. Me hundí en ese hombre con sangre de lava a la par que me dejaba imaginarias cicatrices de fuego y cenizas con cada toque.

Hacía tiempo que no performaba una maratón así. Había algo de incontrolable, de instantáneo e irrepetible en el deseo que nos brotaba desde los poros hasta las narices. Quizás ambos queríamos aprovechar hasta la última gota de la que pensábamos sería nuestra única noche. Había algo en su cuerpo recubierto por tormentas solares que me atraía como el fuego atrae a las mariposas. Simplemente no podía dejarlo en paz. Él seguía girando sobre mí, insatisfecho, determinado. Juguetón. Era como si el cabrón me leyera la jodida mente. Deseaba que me mordisqueara los pezones: él iba y entretenía sus dientes con mi agradecimiento. Rogaba en mi cerebro por que me apretara el culo, y sus manos bajaban hasta clavarme en el deseo. No sé si fue ese bendito porro casero. Pero hacía años que no la pasaban tan jodidamente bien.

El calor seco de su piel y su sexo desataron tormentas desérticas en mi garganta. Quedó seca desde la boca hasta la tráquea, porque la única forma que tenía de extraer oxígeno era abriéndola de par en par, tragando todo el aire que entrara. Hasta podía tocarme la campanilla sin gárgaras de lo seca que me dejó su deseo.

Amablemente, trajo agua helada en uno de los intervalos. Bebí como si hiciera días que no lo hacía. Luego le cedí el bendito vaso (empañado por el frío contenido), y me acosté, ay, boca abajo para descansar. Así fue cómo se sentó sobre mí, y una de sus manos (caliente, volcánica) comenzó a acariciar con malicia mi espalda. Instantáneamente, una fantasía pinchó mi imaginación. Cuánto me enloquecería sentir el agua helada sobre mi espalda en ebullición. Cuánto sumaría este muchacho si se le ocurriera semejante locura. Que no se preocupara por empapar sus sábanas, o por si no me gustaría, o por nada. Que simplemente lo hiciera porque le excitaba hacerlo, y lamiera de mi espalda como un fanático religioso se atraganta con agua bendita. Cuánto, cuánto, pero cuánto me excitaría algo así…

Y de repente, así sin más, como un animal que se despreocupa, el cordobés volcó con parsimonia el hielo líquido sobre mi espalda, y un grito femenino de dolor y agradecimiento rebanó la noche invernal de Córdoba.

Happy birthday Porte

Posted on Julio 29, 2008 - Filed Under Varios

Hace 22 años, mis padres salían del Hospital Británico con su pequeña niñita en brazos.

Hoy, más de dos décadas después, esa niñita sigue caminando su presente. Devenida en una joven mujer, o en una vieja adolescente, recorre la Buenos Aires de sus sueños cantando bajito. Sigue enamorándose, sigue estudiando, intenta seguir trabajando, sigue explorándose.

Haciendo un balance del último año, puedo decir que fue movidito. No cambiaron demasiadas cosas; no por eso. Pero algo cambió adentro mío, como cambia cada año. Estuvieron buenos los 21. Creo que es un balance positivo. Y eso, ya, es mucho decir.

Un secreto que aprendí, o que estoy tratando de aprender, es que la felicidad no es un estado, sino una forma de encarar la vida. Tiene que ver con no desconectarse nunca de uno mismo. De tomar las decisiones concientemente. Intuitivamente, una siempre sabe cuál opción le hará bien, y cuál mal. Se trata de tener la atención puesta en el corazón, y el coraje para tomar decisiones valientes. Nada más.

Hasta ahora, felizmente, siempre me ha funcionado. Tomar las riendas de las propias horas, y convertirlas en flores y en torres. Por supuesto que no siempre lo logro: soy, al fin, una neurótica mortal. Pero al menos lo intento casi siempre.

La conexión con mi propio deseo es la llave de mi bienestar. No reprimirlo, sino potenciarlo, produce grandes satisfacciones. Una es un ser contradictorio, y no es sencillo. Pero jamás de los jamases dejaré de escuchar a mi deseo. Sería algo así como morir en vida, como caminar muerta, como perder los cinco sentidos a la vez.

Mi deseo, como el de todos, es fluctuante y multifacético. Hace siete meses decidí abrir este blog, para escribir sobre una de sus caras. Y gracias a ustedes, que lo leen cada vez, es que me obligo a seguir escribiendo. Nunca tuve tanta constancia de escritura como en este Túnel. Y eso me da una gran satisfacción.

Así que esta noche disfrutaré de los ñoquis del 29 en casa, con mi familia and closest friends. Pero aquí, en este paradójico lugar privado-público, lo festejaré con ustedes.

El Marqués

Posted on Julio 23, 2008 - Filed Under Mis maestros

Una noche la infancia me encontró aburrida en la casa de mi padre. Viendo qué podía hacer para entretenerme, me dirigí hacia la biblioteca. Entre muchos libros de grueso lomo y nombres largos, un tomito rosa me llamó la atención como si estuviera pintado con resaltador. Secreta y cautelosamente, como todas mis travesuras, lo expropié del estante y me lo llevé a la intimidad del livin en el que dormía cuando me quedaba en la casa de mi padre.

El libro era de un rosa chillón, que cualquier niña de 12 años podía interpretar como destinado para sus ojos. En la tapa se leía “Colección La Sonrisa Vertical”, y la foto de unos labios femeninos girados a 90º la ilustraba. Me pareció una linda imagen, casi cubista; como del reino de las metáforas imposibles. El título rezaba “Confesiones del tocador”. Y el autor, un tal Marqués de Sade.

Mi desconocimiento total me llevó a abrir el libro. Eso sí, apenas. Como todas mis travesuras, ésta no debía dejar rastros. El libro estaba nuevo, de modo que no podía notarse que alguien lo había abierto. Siempre tuve alma de criminal prolijo.

En las primeras páginas encontré una lista de personajes y me entusiasmé. Siempre me gustó leer teatro, así que decidí imaginarme la puesta en escena y sumergirme en los diálogos. Con el correr de las páginas fui entendiendo de a poco qué era lo que estaba leyendo. Y me fasciné. Ese librito rosa me estaba abriendo las piernas a lo prohibido, a lo indecible; y, lo mejor, era que estaba escrito.

Creo recordar que la obra se desarrollaba en el tocador de una Condesa o un título nobiliario similar. La protagonista era una virgen impaciente de 15 años. La acompañaban la Condesa y dos hombres, uno de ellos homosexual. Entre las líneas de diálogo se desarrollaba la acción. La virgen adoraba los enormes y eréctiles falos de los hombres, detallando que el del homosexual era un poco más pequeño, y le rogaba que fuera él quien la desvirgase, pues el otro le daba miedo. Él se negaba argumentando sus preferencias anales, y entonces ella chillaba y sangraba por al enorme miembro que le penetraba la virginidad.

La fascinación me atrapaba los ojos y me empapaba la entrepierna. No podía creer lo que estaba leyendo. No podía creer que alguien hubiera escrito eso. El homosexual era el que más me llamaba la atención, a pesar de la obvia identificación que sentía con la ya-no-virgen. Este personaje argumentaba su fascinación por los culos con una prosa envidiable. Incluso, cuando el otro hombre confesaba preferir penetrar a las mujeres “por el lugar natural”, el otro contra-agumentaba “¡Pero si es el culo!… A quién se le ocurre que el falo, que es cilíndrico, debe entrar en un receptáculo con forma ovoide. El recto, en cambio, tiene la misma forma…”. Más adelante, la Condesa le preguntaba qué era preferible para la penetración anal: si el culo debía estar “lleno o vacío”, y el versado señor argumentaba con lujo de detalles por qué era mejor un culo lleno de mierda en donde poder acabar…

Mis retinas se embebían de imágenes, de deseos vírgenes y empapados. Simplemente no podía creer que alguien pudiera escribir eso. Me fascinaba la idea de se podía escribir guarangadas así. No era tanto el hecho de hacerlo, sino más bien de escribirlo, de leerlo. Incluso de interpretar la obra. Me parecía tan sucio, tan privado, tan descaradamente falto de vergüenza como mis propias fantasías de pre-adolescente. Admiré profundamente a mi querido Marqués, y le agradecí desde la punta de mi deseo lavarme las culpas cristianas con su prosa bendita. Y seguí leyendo.

Envidié el pene cuando la Condesa alababa al homosexual por poder sentir el summum de placer que implica penetrar y ser penetrado a la vez. Envidié a mi heroína cuando finalmente los dos hombres se encargaron de ella al mismo tiempo, mientras ella gritaba y gozaba, estrecha como yo. Incluso me pregunté si algún día superaría el asco que me producía la idea de chupar una concha como la quincieañera se la chupaba a la Condesa.

Nunca terminé de leer la obra. La madrugada me ganó, y sigilosamente guardé el libro en el mismo lugar que lo encontré. Algunas otras noches volví a agarrarlo a escondidas, pero como no podía marcar las páginas leía frases sueltas, y me fui desentendiendo de la historia. Además, no podía permitir que mi padre sospechara que estaba leyendo eso… Mi alma de delincuente también es obsesiva y paranoica.

Esa noche, el Marqués me sentó entre sueños en sus rodillas de pedrasta viejo, y me acarició los pechos vírgenes con sus manos de corteza, susurrándome al oído los secretos de la literatura erótica. Con aliento a mandarina y tabaco seco me enseñó que debía desearlo, fantasearlo y vivirlo todo, si quería escribirlo. Yo me entregué a su tutelaje como quien encuentra al maestro que buscó toda la vida. Él sonrió, arropándome desde la tumba, y me inscribió como la nueva demonia de sus huestes endiabladas.

Desde entonces, mi querido Marqués me enseñó muchas cosas. Me inculcó la deshinibición de saber que el deseo nunca es motivo de vergüenza, sino que es una energía tan poderosa e irrefrenable como la vida misma. Sembró en mis sueños fantasías vírgenes y abiertas, y me dejó la cabecita eróticamente irrecuperable. Y sobre todo, me dictó la gran verdad de que al deseo hay que vivirlo, para escribirlo.

Gracias, mi querido Marqués, maestro de mi libido y de mis letras. Tantos años después sigo aún sus indicaciones, obediente y humilde como ninguna otra aprendiz lo hizo jamás. Así, salgo a la calle tentando al sexo, buscándolo, provocándolo y cometiéndolo. Nunca le digo que no a mi cuerpo, a mi deseo, o a mis orgasmos. Me desnudo impúdica ante erectos desconocidos íntimos, y los exploro, y me encuentro, y grabo recuerdos a fuego. Para poder escribirlos.

Mi querido Marqués. Usted abrió el túnel de mis piernas por primera vez. Este Túnel es todo suyo, todo gracias a usted.

Así que hágale lo que quiera, como hizo conmigo.

Sex & friendship II

Posted on Julio 21, 2008 - Filed Under Amor y relaciones, sexo con amor

Un poco más despabilada, armo canutillos con mis ideas sueltas y afino la mirada para poder enhebrarlas.

Veamos. Definamos “amistad”.

Podríamos citar innumerables fuentes. Poetas, canciones, películas… incluso el opening de Garfield serviría de insumo. Yo no creo que haga falta rigor científico para escribir esto. Uno sabe en su interior qué es un amigo. Es como el oído musical, o la atracción erótica; no son cosas explicables desde los cánones de la ciencia. Otra es su disciplina.

Partamos entonces de que cada uno sabe lo que es un amigo/a. Si bien la definición es libre, hay cosas en común y cosas que difieren entre las distintas concepciones de la amistad. Hay quienes sostienen que la amistad no debe incluir ningún tipo de deseo carnal para con el otro; de ser así, la relación dejaría de ser amistosa y pasaría a ser otra cosa… que, hasta donde yo sé, no tiene nombre.

Nada de esto debería ser una sorpresa para los lectores de este blog, puesto que hace ya algún tiempo, cuando el Túnel recién empezaba a trazarse, expliqué mis tres niveles de la erótica. Y uno de ellos, el sexo con amor, tiene dos formas, de las cuales una era, justamente, el sexo con amigos…

Yo no veo en el deseo un impedimento para el desarrollo de la amistad. Creo que depende mucho de en qué momento de la relación se dé. Desde mi experiencia, una relación que comienza con deseo mutuo, difícilmente pueda devenir en una amistad. Otra es la historia si el deseo es producto del tiempo, de irse conociendo, de ir encontrando cosas atractivas en el otro que antes no percibíamos como tales.

Reafirmo entonces que yo no sólo creo posible la amistad entre el hombre y la mujer, sino que también creo que es posible llamar “amigo/a” a alguien con quien cada tanto se comparten las sábanas. Los hay aquellos que sostienen que “el sexo cambia todo”; y es parcialmente cierto. Pero, ¿qué cosas en la vida no cambian? Me confieso fanática de los cambios. Sino, la vida no tendría gracia…

Díganme desapegada, pero insisto en que el sexo no tiene nada que ver con el amor. Es por eso que es posible tener amistades con ocasionales roces de piel, sin arruinar la relación. El secreto de esto (al igual que como en muchos otros aspectos de la vida) es la claridad. Si las cosas están claras, si cada uno/a entiende qué le pasa con el otro/a, entonces el sexo no tiene por qué ser perjudicial para la amistad.

Por otro lado, existen las tensiones irresueltas. Cada día que pasa me voy convenciendo más de algo. Cuanto más demoren dos personas en despedazar sus cuerpos en la cama, más se encontrarán pensando en el otro. A ver si me explico. Dos amigos (hombre y mujer) se desean mutuamente. Si este deseo es rápidamente satisfecho, la amistad puede seguir desenvolviéndose sin mayores altibajos. En cambio, si lo niegan, o lo reprimen… están alimentando a una bestia. Estoy convencida de que el deseo no es algo ignorable o suprimirle. El deseo es como el agua: siempre encuentra un lugar por donde salir. Es imposible reprimirlo exitosamente: siempre saldrá disparado por el inconsciente, o se volverá alquitrán entre rendijas. Si el deseo se acumula, ignorado, deviene la angustia. Yo creo, sí, que es posible tener amigos con sexo. Pero lo doy vuelta, y sostnego que es imposible tener amigos con deseos irresueltos. Las fantasías agotan, exhaustizan. El no tomar la iniciativa por temor al rechazo, a que “las cosas cambien para mal”, o, peor aún, por miedo a enamorarse, envenena las amistades. Y puede sumergirnos en cántaros de angustia gratuita.

Sistematizo, entonces, mis ideas enhebradas:

1) Es posible la amistad entre el hombre y la mujer.

2) Es posible la amistad entre el hombre y la mujer, aún cuando incluye sexo compartido.

3) Si se desea a un/a amigo/a, lo más sano para la relación no es negarlo, sino concretar el deseo. De lo contrario, la amistad sí se verá afectada de manera negativa…

4) La clave de todo está en la claridad.

Sé que pedir claridad muchas veces es difícil. Porque el ser humano es un ser complejo, con contradicciones, inconsciente y todo lo demás. Pero eso no es excusa. Uno de los secretos de la felicidad es, para mí, poder saber qué es lo que uno desea. No sólo saber qué no, sino saber también qué sí. Y en función de eso ir tomando nuestras decisiones… siempre con responsabilidad.

Y si nada de esto los convence… bueno, les dejo el mensajito que me mandó L. ayer:

“Aunque te diga sensei siendo en realidad mi amante, Facebook dice que somos amigos, so, feliz día!!”.

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